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AJN. – En julio de 1976, cuando tenía 18 años, Daniel Tarnopolsky sufrió el secuestro y el asesinato de toda su familia a manos de los represores argentinos que gobernaban el país. Debió exiliarse en Chile, Israel y Francia, donde “comenzó su vida religiosa”. Hoy, en Buenos Aires, es jazan (cantor) en la comunidad Bet El y prepara a los niños que van a concretar su Bar Mitzva.
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El de Daniel Tarnopolsky es uno de los casos más emblemáticos de las últimas tres décadas de la historia argentina.
Sus padres y sus hermanos fueron secuestrados y asesinados durante la última dictadura militar. Sobrevivió porque los criminales no lo encontraron y debió permanecer fuera del país durante años. Cuando regresó dio su testimonio en el Juicio a las Juntas que condenó, en 1985, a los jerarcas del régimen.
Aquella sentencia le permitió continuar su lucha en la instancia Civil de la Justicia y ganarle una demanda económica a quien fuera el jefe de la Armada y uno de los dueños de la vida y la muerte en aquellos años del país: Emilio Eduardo Massera. El resarcimiento que recibió lo donó a las Abuelas de Plaza de Mayo, asociación que en la Argentina busca saber el destino que tuvieron los hijos que parieron las madres durante el cautiverio ilegal.
Su historia, sin embargo, no termina ahí. Por el contrario, milita actualmente en organizaciones defensoras de los derechos humanos y es jazan (cantor) en la comunidad judía Bet El, donde prepara a niños que están por hacer su Bar Mitzva.
“Durante los meses de junio y julio de 1976 la situación estaba tensa”, recordó Tarnopolsky en una entrevista con la Agencia Judía de Noticias (AJN) a 32 años del último Golpe de Estado sufrido por la Argentina.
Una prima de su padre, que militaba en la organización Montoneros, había sido secuestrada. El rapto provocó que la familia tomara sus recaudos. Daniel se alojó “en casa de amigos” por pedido de su padre y Betina, la hermana menor, en la de su abuela materna. Sergio, el hermano mayor y militante de la Juventud Peronista, realizaba el servicio militar en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y era asistente de Jorge “El Tigre” Acosta, uno de los represores más feroces que años atrás fue condenado a cadena perpetua por un tribunal italiano.
El 15 de julio de 1976, la familia tenía previsto reunirse a comer. Esa noche Daniel llamó a su padre pero no lo encontró; enseguida se comunicó con su abuela que le pidió que fuera a verla. “Cuando me dijo eso supe inmediatamente qué pasaba”.
Un grupo de militares y policías hizo explotar una bomba en el departamento de la familia, en Buenos Aires. Según dijo el portero del edificio, los represores secuestraron al matrimonio Tarnopolsky (Hugo y Blanca) y también a Betina; la misma noche raptaron a Laura, la esposa de su hermano Sergio, que estaba en la casa de sus padres.
A partir de ese día la vida de Daniel dio un vuelco. “Dejé la universidad y no tenía trabajo, entonces empecé a andar por Buenos Aires, pasaba de una casa a otra”.
Un amigo de su padre le dio el ultimátum: “O te exilias o te clandestinizas (sic)”. En agosto decidió viajar en barco a Uruguay y de ahí tomó un avión rumbo a Chile, donde la dictadura de Augusto Pinochet también golpeaba duro.
Pronto, algunos allegados le sugirieron que fuera más lejos. “Yo no quería alejarme tanto pero un amigo me dijo: vos no vas a volver pronto a la Argentina ni vas a volver a ver a tus viejos; ahí comprendí que mis padres podrían estar muertos”.
Tras una visita al Sheliaj (enviado) de la Agencia Judía en Santiago de Chile, viajó a Israel. “Me dijo que él no estaba de acuerdo con ‘este tipo de Alia’, a lo que yo respondí que esto no era una alia, que en eso coincidíamos, y que el pasaje me lo pagaba yo”.
En Israel comenzó a entender qué eran los secuestros y las torturas en Argentina. “El 80 por ciento de los argentinos en Israel eran refugiados políticos, muchos de ellos habían sido secuestrados, torturados y luego liberados”.
Mientras estudiaba en Jerusalem logró tomar contacto con un funcionario del Ministerio del Exterior. “Él me dijo que no se podía hacer nada por los desaparecidos argentinos porque la comunidad judía pedía que no se movieran porque tenía miedo a las represalias. Aseguraban que los secuestrados eran ‘subversivos y comunistas’. Ese día decidí que me iba de Israel”, aseguró categórico.
Tarnopolsky se mudó a Francia en julio de 1977. Allí tuvo la necesidad de conectarse con la religión judía porque la “vida material” no le alcanzaba, para él estaba hecha de “persecución, desarraigo, exilio y muerte”.
“Me acerqué a una sinagoga de la rue Copernique, en París, y pedí hablar con el rabino. Hice mi Bar Mitzva a los 21 porque mis padres se habían opuesto por considerar (la ceremonia como) ‘retrograda’. Allí fue que empecé a decirme que quería ser jazan, que me gustaba ese lugar; ahí empezó mi vida religiosa”.
En 1981, Tarnopolsky oyó por testigos directos acerca de su familia. Le contaron que sus padres habían estado secuestrados en la ESMA y también el “ensañamiento que tenían los militares con los judíos”. Le dijeron: “Suponemos que tus padres están muertos”. Fue allí donde pudo terminar de armar el “rompecabezas” del rapto de su familia:
“A mi hermano lo secuestraron porque quiso poner una bomba en la ESMA. La bomba no explotó, pero la encontraron. Bajo tortura mi hermano término confesando. Ahí fue que el Tigre Acosta le dijo: ‘Vos me traicionaste, yo voy a borrar a tu familia de la faz de la tierra, no va a quedar un Tarnopolsky vivo’. Por eso secuestraron a mis padres, a mi hermana y no me secuestraron a mí porque no me encontraron”.
En diciembre de 1983, con el retorno de la democracia, Daniel volvió a la Argentina de visita, pero siete meses más tarde se instaló definitivamente. Fue uno de los testigos principales que tuvo el Juicio a las Juntas que condenó a la cúpula militar de la dictadura.
Cuatro años después, tras el alzamiento armado de Semana Santa contra el gobierno de Raúl Alfonsín, Tarnopolsky decidió irse a Francia. “Este país no es más para mí”, se dijo.
Pero antes inició una demanda judicial por daños y perjuicios morales y financieros contra Massera y el Estado argentino.
En 1994, la Justicia, basándose en “la defensa del derecho a la vida”, condenó a Massera a pagarle una indemnización millonaria, algo que finalmente, tras varias instancias de apelaciones, se concretó una década después.
“Cuando gané el juicio en Argentina, volví a estudiar con un jazan en Francia”. A su regreso a Buenos Aires, en 2002, comenzó a cantar para las fiestas en el templo judío de la calle Arcos.
“A principios de 2007 comencé a trabajar con chicos de manera voluntaria en la preparación para hacer su Bar Mitzva y subo al estrado a cantar con ellos”.
Sobre el futuro, Tarnopolsky afirmó: “La militancia política continuará. Encuentro en Argentina a gente como (los rabinos) Sergio Bergman, Daniel Goldman y Silvina Chemen, con los cuales me siento muy acompañado porque aúnan mística religiosa con derechos humanos”.
Tarnopolsky forma parte del consejo directivo del centro cultural que funcionará en el predio de la ESMA donde su familia estuvo secuestrada.
BK-GT

 
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